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Normalmente no hago mucho caso a los vídeos que se cuelgan en Twitter.

Con la cantidad de mensajes que se comparten, no suelo prestarles mucha atención. Y menos si se trata de vídeos que tengo que pararme a ver.

No me da la vida.

Pero esta vez hubo un vídeo que me llamó la atención. Y lo hizo porque su protagonista arremetía contra la educación financiera en los colegios.

Por si tienes curiosidad, te dejo un enlace al vídeo en cuestión.

El motivo por el que me resultó curioso es porque nunca hubiese pensado que alguien estuviese en contra de educar a los niños para que sean responsables con su dinero.

Luego me enteré de que se trata sólo de un fragmento de otro vídeo más largo, donde se critican diferentes temas. Además, tiene ya unos cuantos años y ahora alguien lo ha vuelto a sacar a la luz para crear polémica.

Bien. Yo no voy a entrar en esa guerra.

Cada cual puede tener su opinión y yo lo tengo bien claro: por mucho que nos pese, el dinero es necesario para vivir y todos nos tenemos que relacionar con él. Por eso, cuanto antes se aprendan ciertos conceptos básicos, mucho mejor nos irá.

libro de educación financiera para niños

Éste es el libro del que se habla en el polémico vídeo.

En mis tiempos, no se daba educación financiera en el colegio. Hoy todavía veo a gente de mi edad que, a pesar de cobrar un sueldo decente, lo pasaría realmente mal si, de repente, perdiese su trabajo de un día para otro.

¿Consecuencia de la falta de educación financiera? Yo creo que es evidente.

Por suerte, en mi casa siempre se trató el tema del dinero con naturalidad. Mis padres se ocuparon de enseñarme todo aquello que no figuraba en los libros de texto. A veces de manera consciente, otras con sus propios actos, pero siempre con un gran sentido común.

En este artículo he querido recopilar algunas de esas valiosas lecciones que, poco a poco, fueron dando forma a mi actitud actual frente al dinero.

El dinero es un medio necesario

Todos los veranos pasaba las vacaciones en el pueblo de mi padre.

Recuerdo esos días con una mezcla de nostalgia y felicidad. Allí disfruté muchos de los mejores momentos de mi infancia y también aprendí importantes lecciones sobre la vida.

En un pueblo los niños tienen mucha más libertad que en la ciudad. Y, en los 80, la sensación de seguridad en estas pequeñas poblaciones era mucho mayor que la de hoy en día. Por eso, no era extraño ver a niños, desde bien pequeños, jugando solos en la calle sin la vigilancia constante de sus mayores.

Una de las cosas que hicieron mis padres en cuanto fui capaz de sumar y restar fue enviarme a comprar el pan y el periódico.

Aprender finanzas comprando el pan

Comprando el pan aprendí a valorar el precio de las cosas

Todas las mañanas, durante el verano, nos daban a mi hermana y a mí unas monedas y nos explicaban lo que nos tenían que devolver.

  • No os olvidéis de las vueltas

Y ahí estábamos los dos, subidos en nuestras bicis, rumbo a la plaza para cumplir el recado que nos habían encargado.

Cuando salíamos de la tienda, contábamos varias veces las monedas para asegurarnos de que todo estaba bien, cogíamos de nuevo nuestras bicis tiradas en la acera y regresábamos a casa con la satisfacción del deber cumplido.

Este sencillo gesto me hizo ser consciente de que las cosas cuestan dinero, también de cuánto valían y de que el dinero en sí no es bueno ni malo, simplemente es el medio que utilizamos para poder comprar lo que necesitamos.

Cada mes, una visita al banco

La vida está llena de rutinas.

Todos los días, desde que te levantas hasta que te acuestas, hay una serie de acciones que realizas prácticamente del mismo modo y casi sin darte cuenta.

A veces, estas rutinas no son diarias, sino que tienen lugar cada cierto tiempo.

Para mi padre, una de esas rutinas era ir al banco a principios de cada mes.

Así, cada vez que tocaba girar una hoja del calendario, mi padre hacía su tradicional visita a la sucursal del barrio y volvía a casa con unos cuantos billetes.

Se trataba de la cantidad fija que sacaba para los gastos mensuales.

Hace unos cuantos años, el uso de la tarjeta no estaba tan extendido como ahora. Era mucho más frecuente pagar las compras cotidianas en efectivo. Por eso, esta acción que hoy en día puede parecerte algo innecesaria, en realidad era bastante habitual.

Sucursal bancaria

Todos los meses mi padre iba al banco a sacar el dinero. A veces, yo iba con él.

A veces, mi padre nos llevaba a mi hermana y a mí con él.

Si te soy sincero, no era ni por asomo lo más apasionante del mundo.

Hacer un rato de fila para ver a un tipo sacar unos billetes de una caja, chuparse el dedo para contarlos y luego dárselos a mi padre en un sobre, no entraba dentro de mi “top ten” de actividades de ocio.

Sin embargo, durante estos viajes, mi padre me contó que iba sacar dinero porque le habían ingresado la nómina. Una nómina que, tanto a él como a mi madre, les pagaban al final de cada mes por su trabajo.

Ciertamente, el dinero que tenían en el banco no era ilimitado. Mis padres tenían que trabajar cada día para conseguirlo.

También me contó que no sacaba todo su dinero. Sólo una parte. Siempre la misma cantidad para los gastos del mes. El resto, se quedaba en el banco para cualquier otro imprevisto que surgiese en el futuro.

Un cajero no es un dispensador ilimitado de billetes

La primera vez que vi un cajero automático, flipé.

Sabía que mis padres tenían que trabajar para ganar dinero, así que cuando observé que metían una tarjetita en la pared y, por arte de magia, ésta les escupía un montón de billetes, se me abrieron los ojos como platos.

  • Mamá, ya no tenéis por qué ir a trabajar. Con venir aquí a por dinero ya vale, ¿no?

Sí, lo sé, era demasiado inocente.

Mi madre me hizo ver la realidad. El dinero no era ilimitado. La máquina simplemente sacaba el dinero de su cuenta corriente. Igual que cuando mi padre iba al banco a hacer su visita al señor con el lápiz en la oreja.

¡Menudo bajón! Pero tenía su lógica, así que lo acepté.

Además de eso, también me enseñaron que las tarjetas eran algo parecido. Cada vez que las usaban en una tienda, el dinero se descontaba de su cuenta.

Cajero automático

Los cajeros no son fuentes mágicas e inagotables de dinero.

Por lo tanto, da igual que vayas al banco, al cajero automático o utilices la tarjeta. Al final, sólo tienes una cantidad de dinero que has ganado con tu trabajo y, por eso, debes cuidar mucho lo que haces con él.

Compra al súper en familia

Te he contado una de las rutinas de mis padres. Aquí va la otra: ir todos juntos a hacer la compra mensual.

Todos los meses sabía que tenía una cita en el supermercado de las afueras de la ciudad. Íbamos allí porque tenían buenos precios y mejores ofertas.

Para mi hermana y para mí era un día de fiesta porque, tras la compra, cenábamos en un buffet libre. Además, siempre solía caer alguna cosa extraordinaria (un bollycao, unos donuts o una bolsa de patatas fritas).

Antes de ir al súper, mis padres elaboraban una lista con las cosas que íbamos a comprar. Era muy importante no salirse de esa lista, así que había que pensar bien qué necesitaban.

Con la lista en la mano, recorríamos los pasillos del supermercado. Mi hermana y yo jugábamos a ver quien localizaba antes los productos. Era una manera de pasar la tarde.

Compra del supermercado en familia

Hacer la compra en el súper con tus hijos puede ser muy educativo.

Cuando habíamos encontrado el producto en cuestión, era el momento de comparar precios.

Mis padres me enseñaron desde pequeño a que muchas veces hay una opción igual de buena a un precio inferior. Por eso, hay que pararse un poco a ver cuánto cuesta cada cosa.

Pero no todo vale. En ocasiones, lo barato sale caro. Así que también hay que fijarse si lo que tiene un precio menor, realmente merece la pena o no.

De esto fui consciente muy pronto. Tras empeñarme alguna vez en comprar unos cereales que no había probado antes, sólo porque regalaban unos cromos de Spiderman, o probar alguna naranjada que sabía a todo menos a naranja, supe que no todos los productos eran iguales, aunque por fuera lo parecieran.

Además, mis padres nos mostraron que no había que dejarse llevar por las ofertas. Muchas tienen truco: te obligan a comprar más cosas de las que necesitas, suben los precios antes de poner la oferta o, simplemente, al hacer las cuentas, ves que hay productos similares a mejor precio.

En definitiva, las visitas al súper eran una auténtica clase de consumo responsable. Un conjunto de lecciones que aprendíamos de manera natural y que, todavía hoy, sigo aplicando cada vez que voy a comprar.

¡Ah, por cierto! Te he comentado que solíamos tener alguna pequeña alegría en forma de bollo, patatas o golosina. Es cierto.

Supongo que habrás observado cómo se comportan los niños pequeños en los supermercados. Lo señalan todo, lo tocan todo y, por supuesto, lo quieren todo.

Mis padres nos permitían un capricho. Pero sólo uno. Teníamos que elegir.

El capricho no estaba en la lista. Era algo extraordinario y debíamos seleccionar muy bien qué era lo que queríamos llevarnos a casa.

Una paga para pasar la semana

Mi primera paga vino junto a una advertencia:

  • Adminístrala bien porque con este dinero vas a tener que pasar toda la semana.

Y eso fue lo que hice. Administrarla perfectamente para comprar todas las golosinas que fui capaz.

Me di un buen atracón.

¡Qué gran idea esto de la paga!

Eso fue un sábado. El domingo vino el choque de realidad.

Cuando salimos a pasear, se me antojó una bolsa de ganchitos. Por supuesto, esa bolsa nunca llegó a mis manos. Mis padres me dejaron claro que ya había gastado todo lo de la semana y no iba a tener más.

En ese momento, aprendí la lección.

Tal y como hacía mi padre con el dinero en el banco, yo debía hacer lo mismo. Tenía que organizarme para gastar mi dinero con cabeza y así tener algo disponible para otras cosas que se me pudieran antojar.

Golosinas

Mi primera paga la «invertí» en ponerme morado de dulces. No fue una buena operación.

Nunca más volví a gastar todo de golpe y empecé a administrar mi propio dinero.

Mi primera hucha

Al poco de empezar a tener una paga, mis padres me regalaron una hucha.

Era una lata con una ranura, sin muchas pretensiones, nada sofisticado. Pero también vino con un consejo muy revelador.

Alguna vez ya te he contado que era muy fan de He-Man. En mi cumpleaños solían regalarme uno de estos muñecos. Para Navidad, también. Eran las dos únicas veces durante el año que podía ampliar mi colección.

Sin embargo, cuando me dieron la hucha, mis padres me comentaron que, si en lugar de gastarme toda la paga, iba metiendo una parte de la misma en el bote, al cabo de un tiempo tendría dinero suficiente para comprarme algún muñeco extra, sin tener que esperar a mi cumpleaños o a que los Reyes Magos se dejasen caer por mi casa.

Hucha - ahorro

Mi primera hucha era similar a la de la foto.

Y así lo hice. Ahorré para conseguir mis metas.

Sí, unas metas que tenían forma de figurita de acción musculada. De acuerdo.

Poco a poco, el interés por He-Man fue desvaneciéndose, mientras que mi hábito de ahorro ha seguido acompañándome durante toda mi vida.

No, no necesitaba unas Air Jordan

El patio del colegio es el lugar donde se encuentran las tendencias más actuales.

Desde las pulseras de colores a las canciones del momento, pasando por los cromos de la pandilla basura o esos acumuladores de ácaros llamados manos locas.

En mi época se pusieron de moda las Air Jordan.

Si no las conoces, son unas zapatillas de deporte promocionadas por uno de los mejores jugadores de baloncesto de todos los tiempos. Unas zapatillas para las estrellas del basket, con un precio también estelar.

Muchos niños empezaron a llevar estas zapatillas. Molaban un montón y su cámara de aire les hacía dar unos saltos increíbles. O, al menos, eso decían.

zapatillas Air Jordan

Las famosas zapatillas Air Jordan, que todos los niños querían tener.

Yo también quería mis Air Jordan.

Cuando se lo dije a mis padres me dijeron que de acuerdo. Eran unas zapatillas muy chulas y les parecía perfecto. Pero tendría que pagármelas yo.

Se trataba de un capricho. Con mis zapatillas normales podía dar los mismos saltos pero, si yo quería y ahorraba lo suficiente, me las podría comprar.

Entonces, puse las opciones en una balanza. ¿Prefería unas zapatillas o varias figuras de He-Man? No había color.

Decidí que realmente no necesitaba las Air Jordan. Al fin y al cabo, no levantaba ni metro y medio del suelo. Por mucha cámara de aire que tuviesen, yo no iba a lograr hacer un mate en el recreo.

Lo que se podía conseguir con un duro

¿Quién no ha escuchado alguna vez eso de “en mis tiempos con este billete podía hacer virguerías“?

Cada vez que, con un duro (cinco pesetas, para los jovenzuelos del lugar), me compraba un chicle, escuchaba a mi padre, a mis tíos o a mi abuelo diciendo lo mismo:

  • Con ese duro, yo de joven no me compraba solo un chicle, sino cinco, o diez, o….

Y es cierto. La inflación hace que nuestro dinero cada vez valga menos.

Efecto de la inflación

Es un hecho: tu dinero cada vez vale menos.

Ahora bien, escuchaba las historias de mis mayores, sí. Pero tampoco les daba mucha más importancia.

Para mí fue mucho más revelador observar cómo, año tras año, cuando me mandaban en el pueblo a comprar el pan, me tenían que dar unas pocas monedas más.

El precio del pan subía de un verano a otro. No había excepción.

Gracias a eso fui consciente del efecto de la inflación. Aunque no la empecé a conocer por su nombre hasta años después.

Mi primera cuenta y mi primer depósito

Cuando fui un poco más mayor, había dejado de lado a He-Man y a Skeletor, y tenía ya algún dinero ahorrado, mis padres me abrieron una cuenta en el banco.

Al mismo tiempo que la cuenta, contratamos también un depósito.

No eran grandes cantidades de dinero pero, como no tenía intención de tocar una parte en bastante tiempo, me mostraron que no podía quedarse parado, sino que era conveniente obtener algún beneficio.

Aunque no lo entendía muy bien, me pareció una buena idea y así lo hice.

De ese modo, observé cómo el dinero de la cuenta no variaba (salvo que sacase algo del cajero), mientras que el del depósito se iba incrementando.

Crecía poco, de acuerdo. Pero aumentaba.

En la cuenta no. Como mucho, bajaba.

Te parecerá mentira pero, ese pequeño gesto me enseñó más que cualquier clase de economía.

Haz crecer tu dinero

Gracias a mi primer depósito, descubrí que podía aumentar mis ahorros.

No me llegué a interesar por la bolsa y por otros productos de inversión hasta bastante más adelante pero, simplemente saber que el dinero parado en la cuenta no daba ninguna rentabilidad, mientras que en un depósito sí, me hizo ser más consciente de que debía tomar el control de mis finanzas e intentar obtener un rendimiento, aunque sea pequeño, de esa porción de dinero que no fuese a utilizar en el corto plazo.

La mejor educación: predicar con el ejemplo

A estas alturas no hace falta que te diga que soy un gran defensor de la educación financiera.

Por supuesto, creo que los niños deberían aprender a relacionarse con el dinero desde etapas tempranas, para que lo vean como algo natural y no como un tabú sobre el que no se puede hablar.

Tener dinero no es un pecado y querer tenerlo tampoco.

El problema es qué vas a hacer con tu dinero y cómo lo vas a conseguir.

Enseñar a los niños a gestionar su dinero, a ahorrar para conseguir sus metas, a mantener siempre un fondo para emergencias, que el dinero se devalúa o que hay maneras para conseguir que tus ahorros crezcan, creo que no sólo es conveniente, sino que es necesario.

De ese modo, aprenderán a planificar su futuro y a ser más independientes en muchas decisiones que tomen en su vida.

La educación financiera no está reñida con otros valores como el respeto, la solidaridad o la generosidad. Del mismo modo que en el colegio se enseña lengua, matemáticas, idiomas o geografía, la educación financiera es perfectamente compatible con impartir otras materias, que entrarían dentro de la moral o de la ética.

Hablar a los niños de dinero no significa que vayan a ser más egoístas, tacaños o materialistas. Hablar a los niños de dinero es enseñarles cómo funciona algo con lo que van a convivir el resto de su vida.

Pero, aunque enseñar educación financiera en la escuela está muy bien, no sirve de nada si la familia no da ejemplo.

  • Papá, ¿por qué cruzamos si está rojo?

Seguro que más de una vez has escuchado esto de boca de un niño.

En efecto, toda la educación vial que le han enseñado ese día en clase, se la ha cargado su padre en tan solo un segundo.

Mira, a mí nadie me enseñó finanzas en el colegio.

Pero no hizo falta, mis padres me lo enseñaron todo.

Poco a poco, con naturalidad, sin forzar nada. Simplemente con su conducta y su manera de entender la vida me mostraron cómo debía actuar yo con respecto al dinero.

Ésa es la mejor manera de impartir cualquier clase.

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